To: panfleterosdesantiago@gruposyahoo.com
From: darionicodemo@codetel.net.do
Date: Wed, 31 Mar 2010 03:30:53 +0000
Subject: [panfleterosdesantiago] Reportajes de Ángela Peña sobre Panfleteros de Santiago
Hola
Hay que agradecer, publicamente, a Ángela Peña la serie de reportajes que está publicando en la sección Areíto del períodico Hoy, sobre "Los Panfleteros de Santiago".
Interesantes son los testimonios de Homero Herrera, Rafael Colón y de la familia Guillén, Doña Thelma, Naro y Nino. Aparte de las muchas informaciones que vienen a enriquecer el tema de Los Panfleteros de Santiago.
Ojalá vengan más y que se incluyan los testimonios de otros panfleteros vivos, como son los casos de Pedro Sánchez Bourdier y Regino Pepín.
Que bueno fuera si estos sobrevivientes se juntaran un día en un gran panel y expusieran todos ellos sus experiencias. Juntos a los familiares de Los Panfleteros de Santiago.
Sería algo fabuloso y es una propuesta que lanzo para que el Comité que trabajó en la conmemoración del 5O aniversario del asesinato de Los Panfleteros de Santiago, la haga suya.
Es una magnifica ocación para juntar esos héroes olvidados y que comienzan ya a ser reconocidos y a ser noticia.
Volviendo a los reportajes de Ángela Peña, en ellos se pueden identificar, claramente, que hay algunas contradicciones de fechas, hechos y datos que pudieran ser aclaradas, si se produce ese encuentro.
Sobre esas contradicciones, ya personalmente, hemos identificado varias y seguimos trabajando con artículos de prensa, libros, testimonios y otros relatos sobre "Los Panfleteros de Santiago",
con el fín de aclarar estos hechos historicos.
En el "Grupo Yahoo", "Los Panfleteros de Santiago", creado por nosotros, en agosto de 2007, ya hemos colocado cientos de notas, artículos y reseñas encontrada, hasta la fecha en la prensa nacional e internacional. Tambien, recientemente, hemos creado el blog "Los Panfleteros de Santiago", donde se colocarán todas las publicaciones que mencionan el tema y que servirán de difusión, discusion e información.
Por su popularidad, versatilidad y fácil manejo, el blog será el sustituto del Grupo Yahoo.
Agradeceré si alguien pudiera aclararme,
¿Desde cuando se comienza a usar el calificativo de panfletero? a estos valientes héroes de la patria.
Saludos.
Darío Nicodemo
miércoles, 31 de marzo de 2010
Propuesta a crear panel con Los Panfleteros de Santiago, vivos
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Mensaje sobre Panfleteros de Santiago
http://espanol.groups.yahoo.com/group/panfleterosdesantiago/message/1040
Luis Jose
En correos anteriores les pedia a todos hacer aportes y dar testimonios sobre
Los Panfleteros de Santiago.
Tambien comentaba que estaba recopillando datos sobre Luis, El Negrito, Luis
Marin y Chepe Contreras y de ya haber contactos con familiares y amigos de
ellos.
Pedia particularmente a Rafael Lantigua, Frank, Carlos Mejia y a ti hacer todos
los aportes y vivencias que hayan tenido con esos valerosos jovenes que
enfrentaron la tirania.
Personalmente ya tengo bastante informacion y las iremos colgando en el blog Los
Panfleteros de Santiago al igual que aqui en este grupo Yahoo.
Sobre Regino Pepin, no se si habra vivido en la calle Santiago Rodriguez. Si
recuerdo su caminar particular y el sobrenombre de "Bahai", debido a que en un
tiempo profeso esa religion.
Fue ebanista y actualmente se desempeña como profesor en Santiago.
Era muy amigo de Wenceslao Guillen, Wen.
Sobre lo que tu comentas, que el nunca te menciono haber sido panfletero, esa
parece ser una constante de todos ellos: la discrecion.
Asi que Luis Jose, esperamos tus testimonios.
Saludos.
Darío Nicodemo
Luis Jose
En correos anteriores les pedia a todos hacer aportes y dar testimonios sobre
Los Panfleteros de Santiago.
Tambien comentaba que estaba recopillando datos sobre Luis, El Negrito, Luis
Marin y Chepe Contreras y de ya haber contactos con familiares y amigos de
ellos.
Pedia particularmente a Rafael Lantigua, Frank, Carlos Mejia y a ti hacer todos
los aportes y vivencias que hayan tenido con esos valerosos jovenes que
enfrentaron la tirania.
Personalmente ya tengo bastante informacion y las iremos colgando en el blog Los
Panfleteros de Santiago al igual que aqui en este grupo Yahoo.
Sobre Regino Pepin, no se si habra vivido en la calle Santiago Rodriguez. Si
recuerdo su caminar particular y el sobrenombre de "Bahai", debido a que en un
tiempo profeso esa religion.
Fue ebanista y actualmente se desempeña como profesor en Santiago.
Era muy amigo de Wenceslao Guillen, Wen.
Sobre lo que tu comentas, que el nunca te menciono haber sido panfletero, esa
parece ser una constante de todos ellos: la discrecion.
Asi que Luis Jose, esperamos tus testimonios.
Saludos.
Darío Nicodemo
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Sobre Los Panfletereros de Santiago
Muchas gracias, Dario.
Lo que ocurre es que es muy poco lo que puedo aportar en relacion con vivencias especificas en relacion con los panfleteros. Conocia muchos de ellos incluyendo a Wen, Jorgito, Chepe, Johannes, Porfirio, y Manuel Bueno, pero la verdad es que nunca trate asuntos politicos con ninguno de ellos, ni siquiera con Manuel que era uno de mis mejores amigos. Chepe Contreras y yo nos juntabamos en mi casa casi diariamente a estudiar ingles con el metodo de Marin Aguilu y los dos estabamos progresando muchisimo en ese sentido. Chepe era un joven formal, agradable y con muchos deseos de progresar. Recuerdo que siempre andaba muy bien vestido! Manuel y yo tambien estudiabamos ingles juntos. La mayoria de nosotros eramos jovenes de entre 15 a 18 anos de edad - cuando el grupo fue arrestado todavia yo no habia llegado a los 18. Casi todos pasabamos gran parte del tiempo conversando en el parque Duarte u oyendo musica frente a Alta Fidelidad o La Guarachita, o tambien frente a la Riera dandole "cocotazos" a todo el que pasaba, y tambien jugando pan caliente en el parque. Cada cual tenia su grupo especifico para conversar sobre el regimen. Yo por ejemplo conversaba con Cesar Baez ( La Fiera), Orlando Contreras, y Felix Inoa - todos los cuales por cierto estuvieron presos por algun tiempo.
Es precisamente por la falta de informacion que me permiti sugerir - y veo que ya lo estas haciendo - el contactar amigos y familiares de los panfleteros con el fin de recabar la mayor informacion posible, y asi poder ofrecer una perspectiva lo mas amplia posible de sus suenos, metas, actividades, y pensamientos, al igual que fotografias que nos permitan recordar su fisonomia y evocar su memoria. En general, creo que es mucho lo que todavia necesitamos hacer para desenterrar de la tumba del olvido los tantos dominicanos que perdieron sus vidas en su ideal de promover la libertad de nuestro pueblo. Muchos, muchos son los olvidados!!
En cuanto a Regino Pepin la realidad es que eramos correligionarios porque yo tambien fui Bahai - de hecho aunque en la actualidad no asisto a actividades Bahai nunca he renunciado formalmente a la "Fe". En muchas oportunidades converse de una variedad de temas con Regino - incluyendo los politicos - pero tal como tu dices es muy obvio que todos los miembros del grupo mantenian rigurosamente el principio de la discrecion - es posible que eso le haya salvado la vida a muchos y que quizas ni siquiera sepamos a ciencia cierta quienes fueron todos los participantes en esa gesta valiente. Me alegra saber que Regino sigue activo en el campo docente!!!
Como puedes observar, es muy poco el testimonio que puedo aportar directamente al proposito de dar a conocer mejor el grupo de los panfleteros. Es por caso que dada mi propia escasa informacion si fuera a escribir al respecto trataria de localizar informacion a traves de familiares y amigos que convivieron directamente con el grupo. Me parece que es mucha la informacion que se podria obtener por esa via. Lo que visualizo es un libro que contenga fotografias, testimonios de familia y de amigos, e informacion directa sobre el impacto que tuvieron aquellas detenciones y asesinatos en familiares y amigos de los panfleteros.
Es todo por ahora, Dario. Abrazos,
Luis Jose
Lo que ocurre es que es muy poco lo que puedo aportar en relacion con vivencias especificas en relacion con los panfleteros. Conocia muchos de ellos incluyendo a Wen, Jorgito, Chepe, Johannes, Porfirio, y Manuel Bueno, pero la verdad es que nunca trate asuntos politicos con ninguno de ellos, ni siquiera con Manuel que era uno de mis mejores amigos. Chepe Contreras y yo nos juntabamos en mi casa casi diariamente a estudiar ingles con el metodo de Marin Aguilu y los dos estabamos progresando muchisimo en ese sentido. Chepe era un joven formal, agradable y con muchos deseos de progresar. Recuerdo que siempre andaba muy bien vestido! Manuel y yo tambien estudiabamos ingles juntos. La mayoria de nosotros eramos jovenes de entre 15 a 18 anos de edad - cuando el grupo fue arrestado todavia yo no habia llegado a los 18. Casi todos pasabamos gran parte del tiempo conversando en el parque Duarte u oyendo musica frente a Alta Fidelidad o La Guarachita, o tambien frente a la Riera dandole "cocotazos" a todo el que pasaba, y tambien jugando pan caliente en el parque. Cada cual tenia su grupo especifico para conversar sobre el regimen. Yo por ejemplo conversaba con Cesar Baez ( La Fiera), Orlando Contreras, y Felix Inoa - todos los cuales por cierto estuvieron presos por algun tiempo.
Es precisamente por la falta de informacion que me permiti sugerir - y veo que ya lo estas haciendo - el contactar amigos y familiares de los panfleteros con el fin de recabar la mayor informacion posible, y asi poder ofrecer una perspectiva lo mas amplia posible de sus suenos, metas, actividades, y pensamientos, al igual que fotografias que nos permitan recordar su fisonomia y evocar su memoria. En general, creo que es mucho lo que todavia necesitamos hacer para desenterrar de la tumba del olvido los tantos dominicanos que perdieron sus vidas en su ideal de promover la libertad de nuestro pueblo. Muchos, muchos son los olvidados!!
En cuanto a Regino Pepin la realidad es que eramos correligionarios porque yo tambien fui Bahai - de hecho aunque en la actualidad no asisto a actividades Bahai nunca he renunciado formalmente a la "Fe". En muchas oportunidades converse de una variedad de temas con Regino - incluyendo los politicos - pero tal como tu dices es muy obvio que todos los miembros del grupo mantenian rigurosamente el principio de la discrecion - es posible que eso le haya salvado la vida a muchos y que quizas ni siquiera sepamos a ciencia cierta quienes fueron todos los participantes en esa gesta valiente. Me alegra saber que Regino sigue activo en el campo docente!!!
Como puedes observar, es muy poco el testimonio que puedo aportar directamente al proposito de dar a conocer mejor el grupo de los panfleteros. Es por caso que dada mi propia escasa informacion si fuera a escribir al respecto trataria de localizar informacion a traves de familiares y amigos que convivieron directamente con el grupo. Me parece que es mucha la informacion que se podria obtener por esa via. Lo que visualizo es un libro que contenga fotografias, testimonios de familia y de amigos, e informacion directa sobre el impacto que tuvieron aquellas detenciones y asesinatos en familiares y amigos de los panfleteros.
Es todo por ahora, Dario. Abrazos,
Luis Jose
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jueves, 4 de marzo de 2010
¡Al fin se lo llevaron!. Escrito por Manuel Bueno
Tomado de “Cárcel y guerra”
(De una Cárcel de TRUJILLO a un comando de abril)
Escrito por Manuel Bueno,
Editora Taller 1991
Este capítulo trata sobre Enrique Perelló, Enriquito.
¡Al fin se lo llevaron!
-Si esta vaina no termina pronto, todos pararemos en locos.
Con una sentencia similar y en muy parecida situación, veinticuatro años atrás, el padre de Manolico había desahogado su desesperación unas cuantas horas antes de que se lo llevaran al manicomio. El colmo de la semejanza era que ambos casos ocurrieron en el contexto de la misma Era. Y que, tanto el padre como el hijo, se habían enfrentado al mismo dictador. Corrían los últimos días de enero y los cuerpos desnudos de los cuatro prisioneros padecían el rigor del invierno tropical. Pero no era el frío lo que más le preocupaba. Tampoco el dormitar sobre el duro y mugriento piso de cemento con la luz eternamente encendida. Mucho menos el llevar tres días sin comer. Ni tener otras noticias del exterior que las del play-off final del béisbol invernal que sintonizaban lo custodios policiales en la casa de guardia y que penetraban desde el oscuro pasillo a través de la única abertura para respirar y comunicarse: el postigo en el sólido portón de madera reforzado con barrotes de hierro. Lo que realmente angustiaba hasta la exasperación a los tres jóvenes del grupo, y centraba toda su atención, era el hecho contundente de que el viejo Enrique, herniado y cubierto de mierda de pies a cabeza, se había vuelto loco.
-Teniente, teniente… venga pronto, que estos calieses me quieren meter preso. Corra teniente, que me van a matar. Sargento, sargento… no deje que se lleven a mi hijo. Venga pronto, sargento, que se lo van a llevar…
Horas enteras dando voces aferrado a los barrotes de la ventanilla hasta quedar ronco y no pode más. Entonces, sin dormir ni descansar –forzado por la ausencia de su voz, ponerse a palmotear, y seguir palmoteando hasta hinchársele las manos y sangrar.
No valía que bajaran el sargento de guardia, y el cabo de retén, y los rasos de servicio, y los alistados de ordenanza a amenazarlo con palizas, con llevárselo de regreso al antro de torturas en la 40 para ahorcarlo de verdad, ni terminar suplicándole que por favor, por lo que él más quisiera, que se callara y que dejara de dar manotazos porque sus gritos y sus ruidos ya no lo podían soportar.
Por su parte, en el ámbito limitado y lúgubre de la celda, sus tres compañeros, desnudos, titiritando de hambre y de frío y sin poderse mover, no resistían un minuto más. El primer día se acercaron al viejo, amorosos, trataron de consolarlo, de razonarle, de empatizar con él. Pero Enrique no escuchaba. Al día siguiente optaron por sujetarlo, por obligarlo a que se acostara y durmiera, para conseguir solamente improperios, empellones y uno que otro pescozón. Para el tercer día decidieron abandonarlo a sus desvaríos sentados en un rincón, con la vaga esperanza de que, finalmente, tendría que sucumbir al agotamiento y al sueño. Pero todo siguió igual. Mejor dicho, peor. En la medida en que su garganta se volvía cada vez más ronca, los palmoteos de sustitución eran cada vez más prolongados, rítmicos y monótonos, y se convirtieron en una sorda sinfonía que no olvidarían jamás. Ya para el cuarto día, cuando el frío se hizo intolerable, la falta de sueño hizo estragos y el hambre empezó a doler, no pudieron seguir viendo a Enrique como a su camarada de antaño, el compañero de ideales, de luchas y de infortunios, sino como a un enemigo pero que el hombre que más odiaban y a quien, para derrocar el solemne juramento de vencer o morir. O mejor en este orden: morir o vencer.
Morir primero, porque a estas alturas de los acontecimientos, el hombre fuerte seguía venciendo. Tan consciente estaba Wen, el jefe del grupo, de que así sería, que (en un paréntesis de las chanzas utilizadas por el Alemán para entretener al resto de sus compañeros y hacerles olvidar, momentáneamente, su triste suerte) sentado al lado de Manolico, el más joven de todos, le habló de esta manera:
-A mí me van a matar, de eso estoy seguro. Y conmigo se irá la mayoría. En cambio, en ti se conjugan todas las condiciones para sobrevivir. Por tanto, tienes que jurarme que continuarás la lucha. Que organizarás nuevas células y las entrenarás y dirigirás hasta el triunfo final. Porque esta bestia no se salva de ésta. Solamente tienes que fijarte en la clase de gente que quedó allá en la 40. No ‘’chivitos jarto ‘e jobo’’, como nosotros, sino su gente y los hijos de su propia gente. Pero, mejor aprovechemos el tiempo déjame que te explique cómo se fabrica una bomba incendiaria. Eso me lo enseñó Manolo, entre otras cosas, allá en una solitaria y quiero que ahora, antes de que nos separen para siempre, las aprendas.
Hablaba por dignidad, debido a la fuerza descomunal que emanaba de su espíritu indomable, porque su cuerpo, hecho un guiñapo, no daba para más. No encontraba posición que aliviara el dolor de sus riñones. Y respiraba con dificultad. Pero prefería cumplir sus compromisos con toda seriedad, hasta el último momento, cuando le hubieses sido más sencillo sumarse al ambiente de relajamiento inducido por el Alemán:
-Pónganse todos en fila, frente a la puerta, para que le vayan dando sus nombres al sargento. ¿Usted quiere el mío primero? OK, pues escriba: Heinrich Johannes Streesse. ¡Cómo! ¿Qué no entendió? Oígalo otra vez, más despacito: Hein-rich Jo-han-nes S-tre-esse. Parece que el sargento no fue a la escuela. ¡Tan bruto! Bueno, si quiere aprovechar, sargento que aquí tenemos un tremendo maestro con nosotros. ¿Verdad, profesor Tineo, que usted no se negaría a enseñarle? A propósito, profesor, ¡Nada de juegos! Usted debiera darnos una clasecita. Venga, déjeme encaramarlo aquí para que esté más cómodo. ¿Cuál materia prefieren primero? ¿Química? Pues, bien, profesor, vamos con al Química.
Y lo subió, de un solo impulso, al murito que dividía el espacio para el inodoro y la ducha del resto de la solitaria. Aquí se hallaban catorce panfletistas apretujados. Esposados en parejas y desnudos, los habían trasladado esa madrugada en una perrera de la Policía, desde la 40. Minervino los entregó en el patio, al capitán Monción y se lamentaba de perder la oportunidad de ejecutar, con sus propias manos, tan granado conjunto.
-Lo envidio, capitán- le dijo. ¡Cómo gozará usted enviándole estos malditos a San Pedro! Lástima que no se lleven algunos volantes para que los repartan allá en el Cielo. Aunque no creo que haga mucha falta: En el Cielo todo el mundo está claro.
Entonces, empezando por un murmullo desde un rincón de la guagua celular, y extendiéndose luego por todo el ámbito del espacio compacto que ocupaban, los prisioneros se pusieron a rezar.
-Cállense, coño, buenos pendejos –gritó Minervino.
-Que se callen, ya dijeron –ordenó Wen a su gente. Los cobardes, que sigan siendo ellos.
En este grupo estaba Enrique, sentado en un rincón y sin hablar. Así pasó el resto del día, como si estuviera meditando, con la mirada en lontananza hasta que en la tardecita lo trasladaron, junto a tres de sus compañeros, a otra solitaria del sótano al lado izquierdo de la casa de guardia. Enrique parecía no habitar en este mundo. Arrinconado, vuelto un andullo, mudo, y la cabeza entre las manos, no dejaba de mirar fijamente hacia el piso, como si estuviera muy pendiente del alarmante crecimiento de su hernia.
En orto extremo de la celda, Manolito, Liz y Díaz Hernández repasaban, con lujo de detalles, los acontecimientos diabólicos vivenciados en los, sumamente compactos, tres últimos días. Y no sólo por ellos, sino que comentaban todo lo acontecido, en su presencia, a otros compañeros. De cómo Báez y Báez, graciosamente, había golpeado por detrás, con las palmas de sus dos manotas, ambas orejas del Alemán y l dejó sordo, y zumbándole los oídos, durante varias horas. De cómo al doctor Tejada Florentino le habían aplicado la corriente en la silla eléctrica más tiempo de la cuenta por no querer hablar y, como sufría del corazón, se quedó pegado, muertecito. De cómo aguantó Manolo, en cambio, toda la corriente que quisieron pasarle por su cuerpo hasta salir a través de unos puntitos negros que le iban brotando de su velludo pecho, mientras maldecía con repetidos coños, a sus torturadores. De cómo a Manolito, por ser reincidente, le aplicaron torniquete, y obligaron a uno de sus compañeros a terminar de ahorcarlo con sus propias manos, so pena de correr la misma suerte. De cómo a uno de los ‘’panfleteros’’, condenados a muerte por el Jefe en un juicio sumario de un minuto de resabios porque se atrevieron a decir, y por escrito, que El, el Supremo y único Jefe, el Benefactor de Patria y Padre de la Patria Nueva, el perínclito y benemérito Generalísimo, no era más que un mierda, lo mató el propio Clodoveo Ortiz, extrayéndole la sangre, poco a poco, lentamente, asperjándola en el patio en presencia con una jeringuilla hipodérmica, hasta que se desmayó y quedó tieso. De cómo un prisionero les pidió, en un gesto de caballerosidad y con voz autoritaria, al resto de sus camaradas, que bajaran la mirada en señal de respeto, cuando hicieron desfilar desnuda en su presencia, pretendiendo humillarla, a la bella, valiente y heroica Minerva Mirabal.
Agotados todos estos tétricos y apabullantes temas, que Enrique parecía no escuchar, Díaz Hernández, el que más hablaba, propuso descargar un poco el ambiente sofocante, cambiando la temática. Y pasó a relatar episodios de su vida personal, allá en el entorno miserable de su vecindario en Pueblo Nuevo. De cómo su ingeniosa madre resolvía cada día el drama del desayuno con sólo cinco centavos: en centavo para sal, dos centavos para aceite y los otros dos centavos para pan. El desayuno consistía, como se ve, en pan vacío. Pero, al otro día, los cincos centavos los distribuía entre dos huevos y un plátano verde. Entonces, ya contaba con la sal y el aceite. De cómo, viendo que no tenían agua, él se inventó un hoyo en el patio que se llenaba al llover, y con sólo dejar que se asentara el lodo, disponían de agua suficiente para el consumo. De cómo, cuando él regresara, iba a estrenar unos nuevos pantalones, pues de veinte pesos que ganó en una chiripa antes de que lo apresaran, había regalado diez pesos a su abnegada madre y los otros diez los dispuso para un corte de fuerte-azul, ya que andaba casi desnudo. Y quedando, en silencio un breve instante, reparando de repente en su desnudez de la solitaria, se preguntó sonriendo con picardía: ‘’¿Casi desnudo? ¡Desnudo por completo!’’.
Era un tipo fascinante, genial, este muchacho Díaz Hernández. Para matar el tiempo, antes de que Enrique se revolteara y empezara a gritar y a palmotear, ensayó de todo. Cuando se le acabaron los cuentos, entabló amistad con un tal Francisco de la celda vecina y el Francisco le ganó, pues se sabía muchísimos más cuentos que él. Se puso a jugar con Liz y Manolico a la gallinita ciega, a quién aguantara más sin dejarse golpear el dorso de las manos superpuestas, un juego que él llamaba ‘’al piquete’’. A quién se quedara con el trozo más grande de un huesito del gusto que encontró en el piso. A quién adivinara el pensamiento con mayor nitidez.
Estando así, concentrados en el ejercicio estoico de la transmisión y recepción de pensamientos, se le apareció clarita la imagen de Wen haciéndoles señas con su mano derecha desde el Cielo, como diciéndole: ‘’Ven acá, ven’’. Y se estremeció. Y la imagen fue transmitida y difundida con tanta exactitud que parece haber sido captada fielmente por Enrique, pues ahí mismito comenzó a gritar que se lo querían llevar preso y que lo iban a matar.
Enrique se fue reduciendo hasta convertirse en una miseria humana. Sus gritos estridentes los profería, tanto a través de la ventanilla, como dando pasitos cortos y nerviosos a los ancho y largo de la pequeña celda. De ninguna manera hubiera podido sentarse un solo instante, puesto que, además de lo excesivamente inflamado que tenía el testículo herniado, la totalidad de su esquelético cuerpo se hallaba cubierto de llagas. Heridas abiertas en surcos cruzados por los latigazos que supuraban pus y gusanos, y estaban llenas de mierda. En la 40 había sido uno de los más castigados. Se negó a hablar por no confesar su participación en actividad conspirativa alguna ni mucho menos para denunciar a ninguno de sus compañeros. Lo sentaron en la silla eléctrica; le dieron corrientazas con las picanas; lo azotaron inmisericordemente con los güebos de toro hasta caer inconsciente al suelo; lo entraron en el Coliseo (la base acordonada de la torres para la antena de comunicaciones, convertida por Minervino en ring de boxeo); lo sumergieron en la bañera romana llena de agua con vinagre para mejor conducción de la corriente eléctrica (uno de los tantos juguetes sádicos ideaos por Ernesto Scott); y por último, como no hablaba ni que lo voltearan al revés, mandaron a buscar a Guillén, el cocinero, para que, con su cuchillo boto de mondar, le arrancara los cojones. No dijo ni pío, y tuvieron que dejarlo medio muerto porque no pudieron con él. No se pudo establecer con precisión si Manolo Tavárez, Wen Guillén o Luis Gómez se portaron más corajudos que él. Pero ahora, en su nueva solitaria, se hallaba Enrique convertido en tal bazofia que la muerte verdadera le hubiese encajado mucho mejor que una misa de salud.
Cuatro días después, en medio de la insoportable gritería el concierto inacabable de manotazos, Manolico se acercó a la puerta a recibir, de parte de su amigo el sargento Valerio, una hoja de ‘’El Caribe’’, que con el pretexto d usarla para no apoyar la cabeza directamente al suelo (pero que el leyó y releyó hasta la última letra del último anuncio), consiguió que se la llevara en forma clandestina. Dio las gracias al sargento, y aprovechando su inusual cordialidad pudo comprobar que el asomo de Wen era una diáfana realidad pues, cuando le preguntó cómo estaban los demás prisioneros, el sargento le guiñó un ojo y le contestó, al tiempo de pasarse el índice por debajo de la nuez de Adán: ‘’No quisieras tú hallarte donde están aquellos’’.
-Se los han ido llevando de noche, uno a uno – le dijo.
Y no tardó el vendaval en presentarse a hacer sus estragos en esta exclusiva solitaria, porque esa misma noche hicieron su aparición dos calieses del SIM, como a eso de la una de la madrugada, y abriendo la puerta con ásperos y estrepitosos ajetreos llamaron firmemente: ‘’Enrique Perelló, salga’’. Los dos esbirros debieron arrastrar a Enrique así como estaba, el cabello hirsuto salpicado de mierda y todo el pellejo hediondo a muerto.
Entonces, la puerta se cerró violentamente y estremeció los cuerpos desnudos y tiritantes, de hambre y de frío, de Manolico, Liz y Díaz Hernández, abrazados, embriagados de pánico y de excitación, sollozando y gritando, locos de alegría:
-¡Al fin se lo llevaron!, ¡Al fin se lo llevaron!
(De una Cárcel de TRUJILLO a un comando de abril)
Escrito por Manuel Bueno,
Editora Taller 1991
Este capítulo trata sobre Enrique Perelló, Enriquito.
¡Al fin se lo llevaron!
-Si esta vaina no termina pronto, todos pararemos en locos.
Con una sentencia similar y en muy parecida situación, veinticuatro años atrás, el padre de Manolico había desahogado su desesperación unas cuantas horas antes de que se lo llevaran al manicomio. El colmo de la semejanza era que ambos casos ocurrieron en el contexto de la misma Era. Y que, tanto el padre como el hijo, se habían enfrentado al mismo dictador. Corrían los últimos días de enero y los cuerpos desnudos de los cuatro prisioneros padecían el rigor del invierno tropical. Pero no era el frío lo que más le preocupaba. Tampoco el dormitar sobre el duro y mugriento piso de cemento con la luz eternamente encendida. Mucho menos el llevar tres días sin comer. Ni tener otras noticias del exterior que las del play-off final del béisbol invernal que sintonizaban lo custodios policiales en la casa de guardia y que penetraban desde el oscuro pasillo a través de la única abertura para respirar y comunicarse: el postigo en el sólido portón de madera reforzado con barrotes de hierro. Lo que realmente angustiaba hasta la exasperación a los tres jóvenes del grupo, y centraba toda su atención, era el hecho contundente de que el viejo Enrique, herniado y cubierto de mierda de pies a cabeza, se había vuelto loco.
-Teniente, teniente… venga pronto, que estos calieses me quieren meter preso. Corra teniente, que me van a matar. Sargento, sargento… no deje que se lleven a mi hijo. Venga pronto, sargento, que se lo van a llevar…
Horas enteras dando voces aferrado a los barrotes de la ventanilla hasta quedar ronco y no pode más. Entonces, sin dormir ni descansar –forzado por la ausencia de su voz, ponerse a palmotear, y seguir palmoteando hasta hinchársele las manos y sangrar.
No valía que bajaran el sargento de guardia, y el cabo de retén, y los rasos de servicio, y los alistados de ordenanza a amenazarlo con palizas, con llevárselo de regreso al antro de torturas en la 40 para ahorcarlo de verdad, ni terminar suplicándole que por favor, por lo que él más quisiera, que se callara y que dejara de dar manotazos porque sus gritos y sus ruidos ya no lo podían soportar.
Por su parte, en el ámbito limitado y lúgubre de la celda, sus tres compañeros, desnudos, titiritando de hambre y de frío y sin poderse mover, no resistían un minuto más. El primer día se acercaron al viejo, amorosos, trataron de consolarlo, de razonarle, de empatizar con él. Pero Enrique no escuchaba. Al día siguiente optaron por sujetarlo, por obligarlo a que se acostara y durmiera, para conseguir solamente improperios, empellones y uno que otro pescozón. Para el tercer día decidieron abandonarlo a sus desvaríos sentados en un rincón, con la vaga esperanza de que, finalmente, tendría que sucumbir al agotamiento y al sueño. Pero todo siguió igual. Mejor dicho, peor. En la medida en que su garganta se volvía cada vez más ronca, los palmoteos de sustitución eran cada vez más prolongados, rítmicos y monótonos, y se convirtieron en una sorda sinfonía que no olvidarían jamás. Ya para el cuarto día, cuando el frío se hizo intolerable, la falta de sueño hizo estragos y el hambre empezó a doler, no pudieron seguir viendo a Enrique como a su camarada de antaño, el compañero de ideales, de luchas y de infortunios, sino como a un enemigo pero que el hombre que más odiaban y a quien, para derrocar el solemne juramento de vencer o morir. O mejor en este orden: morir o vencer.
Morir primero, porque a estas alturas de los acontecimientos, el hombre fuerte seguía venciendo. Tan consciente estaba Wen, el jefe del grupo, de que así sería, que (en un paréntesis de las chanzas utilizadas por el Alemán para entretener al resto de sus compañeros y hacerles olvidar, momentáneamente, su triste suerte) sentado al lado de Manolico, el más joven de todos, le habló de esta manera:
-A mí me van a matar, de eso estoy seguro. Y conmigo se irá la mayoría. En cambio, en ti se conjugan todas las condiciones para sobrevivir. Por tanto, tienes que jurarme que continuarás la lucha. Que organizarás nuevas células y las entrenarás y dirigirás hasta el triunfo final. Porque esta bestia no se salva de ésta. Solamente tienes que fijarte en la clase de gente que quedó allá en la 40. No ‘’chivitos jarto ‘e jobo’’, como nosotros, sino su gente y los hijos de su propia gente. Pero, mejor aprovechemos el tiempo déjame que te explique cómo se fabrica una bomba incendiaria. Eso me lo enseñó Manolo, entre otras cosas, allá en una solitaria y quiero que ahora, antes de que nos separen para siempre, las aprendas.
Hablaba por dignidad, debido a la fuerza descomunal que emanaba de su espíritu indomable, porque su cuerpo, hecho un guiñapo, no daba para más. No encontraba posición que aliviara el dolor de sus riñones. Y respiraba con dificultad. Pero prefería cumplir sus compromisos con toda seriedad, hasta el último momento, cuando le hubieses sido más sencillo sumarse al ambiente de relajamiento inducido por el Alemán:
-Pónganse todos en fila, frente a la puerta, para que le vayan dando sus nombres al sargento. ¿Usted quiere el mío primero? OK, pues escriba: Heinrich Johannes Streesse. ¡Cómo! ¿Qué no entendió? Oígalo otra vez, más despacito: Hein-rich Jo-han-nes S-tre-esse. Parece que el sargento no fue a la escuela. ¡Tan bruto! Bueno, si quiere aprovechar, sargento que aquí tenemos un tremendo maestro con nosotros. ¿Verdad, profesor Tineo, que usted no se negaría a enseñarle? A propósito, profesor, ¡Nada de juegos! Usted debiera darnos una clasecita. Venga, déjeme encaramarlo aquí para que esté más cómodo. ¿Cuál materia prefieren primero? ¿Química? Pues, bien, profesor, vamos con al Química.
Y lo subió, de un solo impulso, al murito que dividía el espacio para el inodoro y la ducha del resto de la solitaria. Aquí se hallaban catorce panfletistas apretujados. Esposados en parejas y desnudos, los habían trasladado esa madrugada en una perrera de la Policía, desde la 40. Minervino los entregó en el patio, al capitán Monción y se lamentaba de perder la oportunidad de ejecutar, con sus propias manos, tan granado conjunto.
-Lo envidio, capitán- le dijo. ¡Cómo gozará usted enviándole estos malditos a San Pedro! Lástima que no se lleven algunos volantes para que los repartan allá en el Cielo. Aunque no creo que haga mucha falta: En el Cielo todo el mundo está claro.
Entonces, empezando por un murmullo desde un rincón de la guagua celular, y extendiéndose luego por todo el ámbito del espacio compacto que ocupaban, los prisioneros se pusieron a rezar.
-Cállense, coño, buenos pendejos –gritó Minervino.
-Que se callen, ya dijeron –ordenó Wen a su gente. Los cobardes, que sigan siendo ellos.
En este grupo estaba Enrique, sentado en un rincón y sin hablar. Así pasó el resto del día, como si estuviera meditando, con la mirada en lontananza hasta que en la tardecita lo trasladaron, junto a tres de sus compañeros, a otra solitaria del sótano al lado izquierdo de la casa de guardia. Enrique parecía no habitar en este mundo. Arrinconado, vuelto un andullo, mudo, y la cabeza entre las manos, no dejaba de mirar fijamente hacia el piso, como si estuviera muy pendiente del alarmante crecimiento de su hernia.
En orto extremo de la celda, Manolito, Liz y Díaz Hernández repasaban, con lujo de detalles, los acontecimientos diabólicos vivenciados en los, sumamente compactos, tres últimos días. Y no sólo por ellos, sino que comentaban todo lo acontecido, en su presencia, a otros compañeros. De cómo Báez y Báez, graciosamente, había golpeado por detrás, con las palmas de sus dos manotas, ambas orejas del Alemán y l dejó sordo, y zumbándole los oídos, durante varias horas. De cómo al doctor Tejada Florentino le habían aplicado la corriente en la silla eléctrica más tiempo de la cuenta por no querer hablar y, como sufría del corazón, se quedó pegado, muertecito. De cómo aguantó Manolo, en cambio, toda la corriente que quisieron pasarle por su cuerpo hasta salir a través de unos puntitos negros que le iban brotando de su velludo pecho, mientras maldecía con repetidos coños, a sus torturadores. De cómo a Manolito, por ser reincidente, le aplicaron torniquete, y obligaron a uno de sus compañeros a terminar de ahorcarlo con sus propias manos, so pena de correr la misma suerte. De cómo a uno de los ‘’panfleteros’’, condenados a muerte por el Jefe en un juicio sumario de un minuto de resabios porque se atrevieron a decir, y por escrito, que El, el Supremo y único Jefe, el Benefactor de Patria y Padre de la Patria Nueva, el perínclito y benemérito Generalísimo, no era más que un mierda, lo mató el propio Clodoveo Ortiz, extrayéndole la sangre, poco a poco, lentamente, asperjándola en el patio en presencia con una jeringuilla hipodérmica, hasta que se desmayó y quedó tieso. De cómo un prisionero les pidió, en un gesto de caballerosidad y con voz autoritaria, al resto de sus camaradas, que bajaran la mirada en señal de respeto, cuando hicieron desfilar desnuda en su presencia, pretendiendo humillarla, a la bella, valiente y heroica Minerva Mirabal.
Agotados todos estos tétricos y apabullantes temas, que Enrique parecía no escuchar, Díaz Hernández, el que más hablaba, propuso descargar un poco el ambiente sofocante, cambiando la temática. Y pasó a relatar episodios de su vida personal, allá en el entorno miserable de su vecindario en Pueblo Nuevo. De cómo su ingeniosa madre resolvía cada día el drama del desayuno con sólo cinco centavos: en centavo para sal, dos centavos para aceite y los otros dos centavos para pan. El desayuno consistía, como se ve, en pan vacío. Pero, al otro día, los cincos centavos los distribuía entre dos huevos y un plátano verde. Entonces, ya contaba con la sal y el aceite. De cómo, viendo que no tenían agua, él se inventó un hoyo en el patio que se llenaba al llover, y con sólo dejar que se asentara el lodo, disponían de agua suficiente para el consumo. De cómo, cuando él regresara, iba a estrenar unos nuevos pantalones, pues de veinte pesos que ganó en una chiripa antes de que lo apresaran, había regalado diez pesos a su abnegada madre y los otros diez los dispuso para un corte de fuerte-azul, ya que andaba casi desnudo. Y quedando, en silencio un breve instante, reparando de repente en su desnudez de la solitaria, se preguntó sonriendo con picardía: ‘’¿Casi desnudo? ¡Desnudo por completo!’’.
Era un tipo fascinante, genial, este muchacho Díaz Hernández. Para matar el tiempo, antes de que Enrique se revolteara y empezara a gritar y a palmotear, ensayó de todo. Cuando se le acabaron los cuentos, entabló amistad con un tal Francisco de la celda vecina y el Francisco le ganó, pues se sabía muchísimos más cuentos que él. Se puso a jugar con Liz y Manolico a la gallinita ciega, a quién aguantara más sin dejarse golpear el dorso de las manos superpuestas, un juego que él llamaba ‘’al piquete’’. A quién se quedara con el trozo más grande de un huesito del gusto que encontró en el piso. A quién adivinara el pensamiento con mayor nitidez.
Estando así, concentrados en el ejercicio estoico de la transmisión y recepción de pensamientos, se le apareció clarita la imagen de Wen haciéndoles señas con su mano derecha desde el Cielo, como diciéndole: ‘’Ven acá, ven’’. Y se estremeció. Y la imagen fue transmitida y difundida con tanta exactitud que parece haber sido captada fielmente por Enrique, pues ahí mismito comenzó a gritar que se lo querían llevar preso y que lo iban a matar.
Enrique se fue reduciendo hasta convertirse en una miseria humana. Sus gritos estridentes los profería, tanto a través de la ventanilla, como dando pasitos cortos y nerviosos a los ancho y largo de la pequeña celda. De ninguna manera hubiera podido sentarse un solo instante, puesto que, además de lo excesivamente inflamado que tenía el testículo herniado, la totalidad de su esquelético cuerpo se hallaba cubierto de llagas. Heridas abiertas en surcos cruzados por los latigazos que supuraban pus y gusanos, y estaban llenas de mierda. En la 40 había sido uno de los más castigados. Se negó a hablar por no confesar su participación en actividad conspirativa alguna ni mucho menos para denunciar a ninguno de sus compañeros. Lo sentaron en la silla eléctrica; le dieron corrientazas con las picanas; lo azotaron inmisericordemente con los güebos de toro hasta caer inconsciente al suelo; lo entraron en el Coliseo (la base acordonada de la torres para la antena de comunicaciones, convertida por Minervino en ring de boxeo); lo sumergieron en la bañera romana llena de agua con vinagre para mejor conducción de la corriente eléctrica (uno de los tantos juguetes sádicos ideaos por Ernesto Scott); y por último, como no hablaba ni que lo voltearan al revés, mandaron a buscar a Guillén, el cocinero, para que, con su cuchillo boto de mondar, le arrancara los cojones. No dijo ni pío, y tuvieron que dejarlo medio muerto porque no pudieron con él. No se pudo establecer con precisión si Manolo Tavárez, Wen Guillén o Luis Gómez se portaron más corajudos que él. Pero ahora, en su nueva solitaria, se hallaba Enrique convertido en tal bazofia que la muerte verdadera le hubiese encajado mucho mejor que una misa de salud.
Cuatro días después, en medio de la insoportable gritería el concierto inacabable de manotazos, Manolico se acercó a la puerta a recibir, de parte de su amigo el sargento Valerio, una hoja de ‘’El Caribe’’, que con el pretexto d usarla para no apoyar la cabeza directamente al suelo (pero que el leyó y releyó hasta la última letra del último anuncio), consiguió que se la llevara en forma clandestina. Dio las gracias al sargento, y aprovechando su inusual cordialidad pudo comprobar que el asomo de Wen era una diáfana realidad pues, cuando le preguntó cómo estaban los demás prisioneros, el sargento le guiñó un ojo y le contestó, al tiempo de pasarse el índice por debajo de la nuez de Adán: ‘’No quisieras tú hallarte donde están aquellos’’.
-Se los han ido llevando de noche, uno a uno – le dijo.
Y no tardó el vendaval en presentarse a hacer sus estragos en esta exclusiva solitaria, porque esa misma noche hicieron su aparición dos calieses del SIM, como a eso de la una de la madrugada, y abriendo la puerta con ásperos y estrepitosos ajetreos llamaron firmemente: ‘’Enrique Perelló, salga’’. Los dos esbirros debieron arrastrar a Enrique así como estaba, el cabello hirsuto salpicado de mierda y todo el pellejo hediondo a muerto.
Entonces, la puerta se cerró violentamente y estremeció los cuerpos desnudos y tiritantes, de hambre y de frío, de Manolico, Liz y Díaz Hernández, abrazados, embriagados de pánico y de excitación, sollozando y gritando, locos de alegría:
-¡Al fin se lo llevaron!, ¡Al fin se lo llevaron!
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viernes, 5 de febrero de 2010
EL ANALFABETO por Manuel Bueno
Hola
Manuel Armando Bueno, escribió un libro titulado “Cárcel y guerra” (De una Cárcel de TRUJILLO a un comando de abril), Cuentos, y de el hemos tomado y transcrito el capítulo EL ANALFABETO, que hace referencia a José Rafael Colón, Fellito, un panfletero de Santiago y quién actualmente reside en La Herradura, Santiago. Tambien,Manuel Bueno hace mención que para esa fecha faltaba Luis Prud-Homme, El Negrito.
Según cuenta Colón, él fue detenido el día 20 de enero del 1960 y llevado a la Fortalea San Luis, de Santiago donde recibió la primera tortura en horas de la noche y trasladado a La Cuarenta el día siguiente 21 de enero del 1960. Allí llegó cerca de las nueve de la mañana hora en que comenzó a recibir su segunda "pela".
En el libro Complot Develado aparece su foto en la página No. 168 con el nombre de Ramón Antonio Gómez Hernández tambien panfletero de Pueblo Nuevo, cuya foto aparece en la página 340 del mismo libro, con el nombre de José Rafael Colón. Se considera que por el gran parecido de ambos se intercambiaron erroneamente los nombres.
DN
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Tomado de “Cárcel y guerra”
(De una Cárcel de TRUJILLO a un comando de abril). Cuentos.
Escrito por Manuel Bueno,
Editora Taller 1991
EL ANALFABETO
Fellito fue el último en llegar, o mejor dicho, el penúltimo, porque faltaba Prud’homme, el Negrito. De todas formas, para los fines de reunir a los “panfleteros” en un mismo lugar, daba igual. Puesto que Fellito no llegó por su cuenta, según dijeron las malas lenguas, sino que lo llevaron a la brava como a los demás. Y de muy mala manera. Transcurría el quinto día de redada, es decir, veintiuno de enero, fiesta de la Altagracia.
Para esa fecha, tanto los interrogatorios como las torturas habían pasado de moda. La imaginación perversa del exquisito pintor impresionista Ernesto Scott, veterano nazi de la segunda guerra y refinado creador mercenario de insustituibles métodos para arrancar confesiones, al servicio de la dictadura, se hallaba agotada por uso extremo. Guillén, el cocinero-torturador, con su cuchillo boto, se aburría mondando salchichón y guineos verdes en su área de trabajo habitual, en lugar de divertirse cercenando cojones en la sala de extorsión.
Wen había instruido a los suyos, terminantemente, frente al escritorio del doctor Faustino Pérez, que no quería más prisioneros. Esto lo decidió luego de la diarrea de nombres recitados por Charlie a manera de mea culpa, y de la retahíla de apellidos sonoros que vomitó Pipe como contra-estrategia personal improvisada de última hora. Tanto Pipe como Charlie, cada quien por su lado, demostraron tener la razón, pues las cárceles se inundaron y rebosaron de cuerpos desnudos en la misma proporción al desbordamiento de combatientes que, varios años después, aparecieron espontáneamente para enfrentar el invasor en los tiempos de la guerra civil.
Los organismos de seguridad, los institutos castrenses, los asesores civiles y hasta el propio Jefe del Estado, a partir de ese momento, revisaron por completo el total de la delicada situación.
Cuando Fellito llegó, o mejor dicho, cuando lo hicieron llegar, “le entraron como a la conga”. Tanto Candito como el “Big-leaguer” tenían varias horas en receso y estaban ávidos de carne fresca. El capitán Minervino hervía por igual en ciertos apetitos enrevesados y agarró una verga de toro. El mayor Torres se avió con el chucho plástico y el sargento Espinal optó por utilizar su siempre preferido látigo de alambres eléctricos trenzados.
-¿Por qué se puso a regar esos volantes contra el Jefe? Por comunista, ¿verdad?
-Pa’ ganaime la vida, señoi. A mí me dién dó peso pa’ repartí eso papele.
-Oye lo que dice el maldito. ¡Jablador! ‘Tá bueno de matarlo. ¡Tóma, coño, tóma!...pa’ que no sea mentiroso. Eso e’, “Biligue”, dale duro, pa’ que sienta.
-Pué sí, señoi, a mí me dién dó… ¡Ay!
-Toma, buen pendejo, pa’ que aprendas a decir la verdad.
-Ay coño, le digo que fuén dó peso que me dién.
-Coje dos pesos ahí, cabrón. Uté sabía muy bien lo que eso panfleto decían e contra del Jefe…
-¿En contra de quién? A mí no me dién eso.
-¿Qué tú quiere decir, mariconazo? Que tú no sabía lo que decían, eh, te ajorco ahora mimo.
-No señoi, epérese, no me vaya uté a matai, que e’ que yo soy analfabeto.
-¡Cómo! ¿Qué uté no sabe leer? A otro perro con ese güeso. Eso e’, Dante, a trompá limpia con ete sabichoso.
-Le juro, por mi madrecita, que yo no sé leei, señoi. De yo habei sabío lo que decían eso papele, yo no lo riego. Y mucho meno si hablaban mai de mi Jefe, la má grande que ha pisao eta tierra, dipué de Dió.
Co tal vehemencia defendió Fellito su protesta de ignorancia, con tales gestos de verosimilitud, que ya nadie de los presentes en el garaje convertido en antro de torturas, ni torturadores, dudaron un momento de la sinceridad de su declaración. Porque faltaba Prud’homme, el Negrito.
Fue el mismo coronel Abbes García, en persona, quien dio la orden de interrumpir la tanda de golpes y latigazos, para interpelar este prisionero inusual, y presentándole ante sus ojos uno de los ya famosos panfletos, le preguntó finalmente:
-¿Y qué cree usted que dicen esos volantes? ¡Eh! ¿Qué es lo que dicen?
Entonces, el Analfabeto adoptó la actitud más humilde y natural que podría esperarse de un hombre que venía siendo maltratado de manera inmisericorde y amenazado de muerte, y con voz casi infantil, pero convincente, le respondió despacito:
-Bueno… a mí me dijién que “Jabón Hipano”.
Varios meses después (diluidos por el tiempo que todo lo devora, los episodios cavernarios que llevaron a tela de juicio las tan cacareadas “paz y tranquilidad” que durante seis continuos y largos lustros padeció la república), un grupo selecto de sobrevivientes aún disfrutaba de un fugaz remanso disipación en un rincón de una celda común en la penitenciaría “La Victoria”, retenidos en ilegal cautiverio por la tiranía. Entre chistes y fina ironía, se deleitaban en celebrar la infinidad de situaciones en el transcurso de los primeros días vertiginosos del develamiento del complot orquestado contra el sátrapa eterno.
Uno de los presentes ensombreció de pronto el ambiente al traer a colación el recuerdo del triste final que , colectivamente, en espantoso holocausto de sangre y muerte, recibió la pléyade de jóvenes valientes conocidos ya, a todo lo ancho y largo del territorio nacional, como “Panfleteros de Santiago”. Y se quejaba de la sombría paradoja que arrastró al sacrificio común a varios de estos imberbes, los que circunstancialmente se vieron envueltos en las actividades subversivas, totalmente inocentes del contenido, significación y consecuencias de sus riesgosas aventuras. Como en el caso específico del Analfabeto, un humilde artesano de pueblo, que ni siquiera supo lo que hizo para merecer una muerte tan horrenda, seguramente estrangulado a torniquete delante de sus compañeros, metido y amarrado en un saco de henequén y lanzado, como los demás, al pasto de los tiburones en aguas del Mar Caribe.
En esto, otro de los contertulios, separándose momentáneamente del resto, retornó arrastrando del brazo un compañero muy querido de todos por su temperamento campechano y jovial, cometiendo la indiscreción (dada la delicada situación vivida en todo el país por el estremecimiento que en su propia basamenta sufría la dictadura) de presentarlo ante el grupo, para que lo supieran de una vez por todas, que ese Fellito tan ameno, cooperador y buen amigo, no era otra persona sino el Analfabeto famoso de la 40. Y todos sin excepción, obviando riesgos futuros, volvieron al júbilo del principio y rieron a más o poder, cuando Fellito les dijo:
-Si no uso la filosofía, me joden.
Manuel Armando Bueno, escribió un libro titulado “Cárcel y guerra” (De una Cárcel de TRUJILLO a un comando de abril), Cuentos, y de el hemos tomado y transcrito el capítulo EL ANALFABETO, que hace referencia a José Rafael Colón, Fellito, un panfletero de Santiago y quién actualmente reside en La Herradura, Santiago. Tambien,Manuel Bueno hace mención que para esa fecha faltaba Luis Prud-Homme, El Negrito.
Según cuenta Colón, él fue detenido el día 20 de enero del 1960 y llevado a la Fortalea San Luis, de Santiago donde recibió la primera tortura en horas de la noche y trasladado a La Cuarenta el día siguiente 21 de enero del 1960. Allí llegó cerca de las nueve de la mañana hora en que comenzó a recibir su segunda "pela".
En el libro Complot Develado aparece su foto en la página No. 168 con el nombre de Ramón Antonio Gómez Hernández tambien panfletero de Pueblo Nuevo, cuya foto aparece en la página 340 del mismo libro, con el nombre de José Rafael Colón. Se considera que por el gran parecido de ambos se intercambiaron erroneamente los nombres.
DN
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Tomado de “Cárcel y guerra”
(De una Cárcel de TRUJILLO a un comando de abril). Cuentos.
Escrito por Manuel Bueno,
Editora Taller 1991
EL ANALFABETO
Fellito fue el último en llegar, o mejor dicho, el penúltimo, porque faltaba Prud’homme, el Negrito. De todas formas, para los fines de reunir a los “panfleteros” en un mismo lugar, daba igual. Puesto que Fellito no llegó por su cuenta, según dijeron las malas lenguas, sino que lo llevaron a la brava como a los demás. Y de muy mala manera. Transcurría el quinto día de redada, es decir, veintiuno de enero, fiesta de la Altagracia.
Para esa fecha, tanto los interrogatorios como las torturas habían pasado de moda. La imaginación perversa del exquisito pintor impresionista Ernesto Scott, veterano nazi de la segunda guerra y refinado creador mercenario de insustituibles métodos para arrancar confesiones, al servicio de la dictadura, se hallaba agotada por uso extremo. Guillén, el cocinero-torturador, con su cuchillo boto, se aburría mondando salchichón y guineos verdes en su área de trabajo habitual, en lugar de divertirse cercenando cojones en la sala de extorsión.
Wen había instruido a los suyos, terminantemente, frente al escritorio del doctor Faustino Pérez, que no quería más prisioneros. Esto lo decidió luego de la diarrea de nombres recitados por Charlie a manera de mea culpa, y de la retahíla de apellidos sonoros que vomitó Pipe como contra-estrategia personal improvisada de última hora. Tanto Pipe como Charlie, cada quien por su lado, demostraron tener la razón, pues las cárceles se inundaron y rebosaron de cuerpos desnudos en la misma proporción al desbordamiento de combatientes que, varios años después, aparecieron espontáneamente para enfrentar el invasor en los tiempos de la guerra civil.
Los organismos de seguridad, los institutos castrenses, los asesores civiles y hasta el propio Jefe del Estado, a partir de ese momento, revisaron por completo el total de la delicada situación.
Cuando Fellito llegó, o mejor dicho, cuando lo hicieron llegar, “le entraron como a la conga”. Tanto Candito como el “Big-leaguer” tenían varias horas en receso y estaban ávidos de carne fresca. El capitán Minervino hervía por igual en ciertos apetitos enrevesados y agarró una verga de toro. El mayor Torres se avió con el chucho plástico y el sargento Espinal optó por utilizar su siempre preferido látigo de alambres eléctricos trenzados.
-¿Por qué se puso a regar esos volantes contra el Jefe? Por comunista, ¿verdad?
-Pa’ ganaime la vida, señoi. A mí me dién dó peso pa’ repartí eso papele.
-Oye lo que dice el maldito. ¡Jablador! ‘Tá bueno de matarlo. ¡Tóma, coño, tóma!...pa’ que no sea mentiroso. Eso e’, “Biligue”, dale duro, pa’ que sienta.
-Pué sí, señoi, a mí me dién dó… ¡Ay!
-Toma, buen pendejo, pa’ que aprendas a decir la verdad.
-Ay coño, le digo que fuén dó peso que me dién.
-Coje dos pesos ahí, cabrón. Uté sabía muy bien lo que eso panfleto decían e contra del Jefe…
-¿En contra de quién? A mí no me dién eso.
-¿Qué tú quiere decir, mariconazo? Que tú no sabía lo que decían, eh, te ajorco ahora mimo.
-No señoi, epérese, no me vaya uté a matai, que e’ que yo soy analfabeto.
-¡Cómo! ¿Qué uté no sabe leer? A otro perro con ese güeso. Eso e’, Dante, a trompá limpia con ete sabichoso.
-Le juro, por mi madrecita, que yo no sé leei, señoi. De yo habei sabío lo que decían eso papele, yo no lo riego. Y mucho meno si hablaban mai de mi Jefe, la má grande que ha pisao eta tierra, dipué de Dió.
Co tal vehemencia defendió Fellito su protesta de ignorancia, con tales gestos de verosimilitud, que ya nadie de los presentes en el garaje convertido en antro de torturas, ni torturadores, dudaron un momento de la sinceridad de su declaración. Porque faltaba Prud’homme, el Negrito.
Fue el mismo coronel Abbes García, en persona, quien dio la orden de interrumpir la tanda de golpes y latigazos, para interpelar este prisionero inusual, y presentándole ante sus ojos uno de los ya famosos panfletos, le preguntó finalmente:
-¿Y qué cree usted que dicen esos volantes? ¡Eh! ¿Qué es lo que dicen?
Entonces, el Analfabeto adoptó la actitud más humilde y natural que podría esperarse de un hombre que venía siendo maltratado de manera inmisericorde y amenazado de muerte, y con voz casi infantil, pero convincente, le respondió despacito:
-Bueno… a mí me dijién que “Jabón Hipano”.
Varios meses después (diluidos por el tiempo que todo lo devora, los episodios cavernarios que llevaron a tela de juicio las tan cacareadas “paz y tranquilidad” que durante seis continuos y largos lustros padeció la república), un grupo selecto de sobrevivientes aún disfrutaba de un fugaz remanso disipación en un rincón de una celda común en la penitenciaría “La Victoria”, retenidos en ilegal cautiverio por la tiranía. Entre chistes y fina ironía, se deleitaban en celebrar la infinidad de situaciones en el transcurso de los primeros días vertiginosos del develamiento del complot orquestado contra el sátrapa eterno.
Uno de los presentes ensombreció de pronto el ambiente al traer a colación el recuerdo del triste final que , colectivamente, en espantoso holocausto de sangre y muerte, recibió la pléyade de jóvenes valientes conocidos ya, a todo lo ancho y largo del territorio nacional, como “Panfleteros de Santiago”. Y se quejaba de la sombría paradoja que arrastró al sacrificio común a varios de estos imberbes, los que circunstancialmente se vieron envueltos en las actividades subversivas, totalmente inocentes del contenido, significación y consecuencias de sus riesgosas aventuras. Como en el caso específico del Analfabeto, un humilde artesano de pueblo, que ni siquiera supo lo que hizo para merecer una muerte tan horrenda, seguramente estrangulado a torniquete delante de sus compañeros, metido y amarrado en un saco de henequén y lanzado, como los demás, al pasto de los tiburones en aguas del Mar Caribe.
En esto, otro de los contertulios, separándose momentáneamente del resto, retornó arrastrando del brazo un compañero muy querido de todos por su temperamento campechano y jovial, cometiendo la indiscreción (dada la delicada situación vivida en todo el país por el estremecimiento que en su propia basamenta sufría la dictadura) de presentarlo ante el grupo, para que lo supieran de una vez por todas, que ese Fellito tan ameno, cooperador y buen amigo, no era otra persona sino el Analfabeto famoso de la 40. Y todos sin excepción, obviando riesgos futuros, volvieron al júbilo del principio y rieron a más o poder, cuando Fellito les dijo:
-Si no uso la filosofía, me joden.
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jueves, 4 de febrero de 2010
Sobre los Panfleteros de Santiago
Luis José
Que alegría me dió conversar contigo y más que todo saber tu disponibilidad a escribir o contar, sobre los "Panfleteros de Santiago", a quienes la vida nos dió la oportunidad de conocer y compartir juventud y aulas con algunos de ellos. Te exhorto a que nos cuente sobre tu experiencia cuando estudiaste inglés junto a Chepe Contreras. Tambien las otras cosas que tu compartiste con algunos de ellos, tu gran amistad con Manuel Bueno y todo lo que recuerdes y pueda.
Hoy me decía Rafael Lantigua, que nos contará sobre, sus acostumbrados, encuentros dominicales con Pedro Jaime Tineo y sobre el gran amor de Tineo por la poesia.
Yo puedo contar mis frecuentes encuentros con Manuel Armando Bueno, para intercambiar discos y letras de música americana y Rock and Roll, muy de moda al final de los años cincuenta. Manuel copiaba las letras de los discos que yo recibia de mis hermanos, que residian en New York.
Manuel conocia perfectamente el Inglés, entre otros idiomas. Recuerdo que escribía las letras de las canciones en la mitad de una hoja de papel bond ocho y medio por once. Tenía unas letras preciosas y escribía las canciones en letras de molde. Con el compartí algunos cursos en el UFE y he conseguido varias listas de algunos de los grupos de estudiantes que compartiamos esos cursos.
Una de mis hermanas Andreina, pudiera relatar sobre Eusebio Villamán; El Gordito Villaman, como le decía mamá, y quién cenaba en mi casa, luego de salir de un programa de radio que hacia en las noches. El le pagaba a mamá por ese servicio. Esto sucedio luego de tener su hijo.
Para esa fecha nosotros viviamos en la calle José Trujillo Valdés esquina Santiago Rodríguez, frente al colmado de Bambino. Luego nos mudamos a la calle Colón esquina Máximo Gómez. En esa época también visitaban la casa Isaías Peguero, Rey , a quién mi padre le había sub-alquilado la sala de la casa para instalar su "Sasteria Rey". Esto conto con el consentimineto de Papatón Collado, verdadero propietario de todo el inmueble. Visitaba tambien la casa Belarmino Espaillat, Japón, empleado de Farmacia Normal, hermano de Viejo y entre quienes se comentaban algunas de las atrocidades de la nefasta era.
Eusebio Villaman, casado con una señora de NIbaje habia estado preso en La Cuarenta y fue liberado con los primeros presos que "soltó" el régimen después de develado el complot como narra el libro de igual nombre. Eusebito, posteriormente fue reapresado y acusado de haber colocado una bomba en el Obispado de Licey, jamás se supo de él.
Confirmaré datos con Andreina sobre esa noche de su reapresamiento y que les vimos pasar frente a "La Cafetera" de la calle José Trujillo Valdés con Sully Bonnelly, donde los vimos por última vez. Estabamos esa noche mi hermano Leonardo; Leo, Andreina mi hermana, Raimundo Sebelén, yo y un persona muy famosa de Santiago...... La segunda vez que paso mi hermana habló con Villamán y él le dijo, "ya voy para mi casa.
Además podemos contar sobre Campito el fotógrafo, Chilo el Cartero, Don Miguel el español de la calle Presidente Trujillo y quien contó a mi padre que uno de los panfleteros se había refugiado en la casa de María Alfonso, abuela de Nobel Alfonso, locutor. También sobre Manuel Divanna, Italiano, el "Inglés" que vivía en la Avenida Valerio cerca de la Farmacia Foro y frente al negocio de Timoteo Fernández. "El Ingles", siempre vestía una boina de las usadas por los militares ingleses, y permanentemente escuchaba emisoras de radio en idioma ingles, razon por la que fue detenido varias veces. Pugliese, dueño de La Marchantón y otros que solian visitar la casa, compartían muchas noticias sobre la situacion de la epoca, las que luego eran compartidas conmigo por mi padre. Yo era que hacia las veces de "vigia" parado en una media ventana y avisaba con un pito cuando se acercaba gente.
Hay otros personajes no desafectos al regimen sino eminentemente trujillistas que visitaban la casa y el negocio de mi padre y de quienes hay interesantes anécdotas.
Abrazos Luis José y gracias por tu generosidad. y disposicón de escribir.
Dario.
Que alegría me dió conversar contigo y más que todo saber tu disponibilidad a escribir o contar, sobre los "Panfleteros de Santiago", a quienes la vida nos dió la oportunidad de conocer y compartir juventud y aulas con algunos de ellos. Te exhorto a que nos cuente sobre tu experiencia cuando estudiaste inglés junto a Chepe Contreras. Tambien las otras cosas que tu compartiste con algunos de ellos, tu gran amistad con Manuel Bueno y todo lo que recuerdes y pueda.
Hoy me decía Rafael Lantigua, que nos contará sobre, sus acostumbrados, encuentros dominicales con Pedro Jaime Tineo y sobre el gran amor de Tineo por la poesia.
Yo puedo contar mis frecuentes encuentros con Manuel Armando Bueno, para intercambiar discos y letras de música americana y Rock and Roll, muy de moda al final de los años cincuenta. Manuel copiaba las letras de los discos que yo recibia de mis hermanos, que residian en New York.
Manuel conocia perfectamente el Inglés, entre otros idiomas. Recuerdo que escribía las letras de las canciones en la mitad de una hoja de papel bond ocho y medio por once. Tenía unas letras preciosas y escribía las canciones en letras de molde. Con el compartí algunos cursos en el UFE y he conseguido varias listas de algunos de los grupos de estudiantes que compartiamos esos cursos.
Una de mis hermanas Andreina, pudiera relatar sobre Eusebio Villamán; El Gordito Villaman, como le decía mamá, y quién cenaba en mi casa, luego de salir de un programa de radio que hacia en las noches. El le pagaba a mamá por ese servicio. Esto sucedio luego de tener su hijo.
Para esa fecha nosotros viviamos en la calle José Trujillo Valdés esquina Santiago Rodríguez, frente al colmado de Bambino. Luego nos mudamos a la calle Colón esquina Máximo Gómez. En esa época también visitaban la casa Isaías Peguero, Rey , a quién mi padre le había sub-alquilado la sala de la casa para instalar su "Sasteria Rey". Esto conto con el consentimineto de Papatón Collado, verdadero propietario de todo el inmueble. Visitaba tambien la casa Belarmino Espaillat, Japón, empleado de Farmacia Normal, hermano de Viejo y entre quienes se comentaban algunas de las atrocidades de la nefasta era.
Eusebio Villaman, casado con una señora de NIbaje habia estado preso en La Cuarenta y fue liberado con los primeros presos que "soltó" el régimen después de develado el complot como narra el libro de igual nombre. Eusebito, posteriormente fue reapresado y acusado de haber colocado una bomba en el Obispado de Licey, jamás se supo de él.
Confirmaré datos con Andreina sobre esa noche de su reapresamiento y que les vimos pasar frente a "La Cafetera" de la calle José Trujillo Valdés con Sully Bonnelly, donde los vimos por última vez. Estabamos esa noche mi hermano Leonardo; Leo, Andreina mi hermana, Raimundo Sebelén, yo y un persona muy famosa de Santiago...... La segunda vez que paso mi hermana habló con Villamán y él le dijo, "ya voy para mi casa.
Además podemos contar sobre Campito el fotógrafo, Chilo el Cartero, Don Miguel el español de la calle Presidente Trujillo y quien contó a mi padre que uno de los panfleteros se había refugiado en la casa de María Alfonso, abuela de Nobel Alfonso, locutor. También sobre Manuel Divanna, Italiano, el "Inglés" que vivía en la Avenida Valerio cerca de la Farmacia Foro y frente al negocio de Timoteo Fernández. "El Ingles", siempre vestía una boina de las usadas por los militares ingleses, y permanentemente escuchaba emisoras de radio en idioma ingles, razon por la que fue detenido varias veces. Pugliese, dueño de La Marchantón y otros que solian visitar la casa, compartían muchas noticias sobre la situacion de la epoca, las que luego eran compartidas conmigo por mi padre. Yo era que hacia las veces de "vigia" parado en una media ventana y avisaba con un pito cuando se acercaba gente.
Hay otros personajes no desafectos al regimen sino eminentemente trujillistas que visitaban la casa y el negocio de mi padre y de quienes hay interesantes anécdotas.
Abrazos Luis José y gracias por tu generosidad. y disposicón de escribir.
Dario.
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