Wenceslao Marcial Guillén, Wen

Wenceslao Marcial Guillén, Wen
Fundador de Los Panfleteros de Santiago
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sábado, 24 de abril de 2010

Panfletero publicará sus memorias Escrito por Angela Peña


http://www.hoy.com.do/areito/2010/3/5/316477/ReportajePanfletero-publicara-sus-memorias


Mensaje No. 1014 del Grupo Yahoo "Los Panfleteros de Santiago"
del 6 de marzo del 2010.



Homero Herrera Velásquez fue panfletero.
Hoy/Rafael Segura
Foto 1 de 2
5 Marzo 2010, 7:28 PM
Reportaje
Panfletero publicará sus memorias
Escrito por: ÁNGELA PEÑA

“Muchos años después oí hablar de los panfleteros y yo mismo no sabía quiénes eran, habiendo sido uno de ellos. El nombre se lo puso despectivamente Johnny Abbes, en La 40”.

Homero Herrera Velásquez hace el comentario luego de contar la historia de su participación en la confección de los volantes contra Trujillo que circularon en el Cibao el 16 de diciembre de 1960, fecha en que cayeron algunos de los distribuidores. A Wenceslao Guillén, Wen, líder de este aguerrido grupo de adolescentes de Santiago, a Enrique Perelló y a Manuel Bueno los apresaron el 21 de enero. Jamás se supo de Wen.

Homero es un discreto, sencillo, silencioso sobreviviente, el amigo entrañable de infancia, adolescencia y vecindario de Guillén que estuvo junto a él hasta la misma noche de su detención. Posee un espíritu revolucionario que se manifestó también cuando escondió armas para la guerrilla de Manolo Tavárez, luchó en la guerra de abril y fue la persona de confianza de Virgilio Perdomo, de Los Palmeros.

A ruegos, porque odia el protagonismo, habla de “Los Panfleteros” con la autoridad que le confieren sus reuniones con el rebelde jefe de aquellos intrépidos que se congregaban secretamente en la casa 38 de la calle “General Valverde”, domicilio de Wen, quien habilitó un sótano bajo la terraza, sacó dos bancos en tierra, en medio colocó una mesita para el trabajo secreto y excavó un hoyo para esconder.

Además formaban el inseparable cuarteto Manuel Bueno y Rafael Fermín (Fello). Sólo entre ellos estaban enterados de la trama. “El único que conocía a todo el mundo era Wen, conocíamos como conspirador a Enrique Perelló pues un día le llevamos hasta pólvora”, relata.

El ex servidor público que trabajó 31 años para el Estado y aún espera una pensión, se mantuvo encerrado, vigilado, durante meses. Interrumpió sus estudios secundarios y aunque se alimentaba bien, rebajó 17 libras porque sentía “una tensión terrible”. Cuando volvió al liceo Ulises Francisco Espaillat dejaba a su madre la llave de su armario y al regresar la encontraba en la galería de su casa de la Máximo Gómez 45, “esperándome con el temor de que no regresara”.

De sus compañeros siempre tuvo la esperanza de que estuvieran vivos. Pero sufría viendo “a Paula Tineo, a doña Carmela y a otras madres y familiares dando viajes por las cárceles. A Manuel lo soltaron y un tío lo dejó en “Ciudad Trujillo” unos meses. Cuando retornó a Santiago, comenzamos a ir juntos al Liceo”, refiere.

Probablemente Homero es el único que conserva uno de los volantes que con tal esmero ayudó a imprimir. Domingo Cepeda lo escondió durante 50 años y se lo obsequió antes de morir.

Las osadas experiencias de Homero, que quizá deba su vida a la influencia de un tío trujillista, piensa, están contenidas en el libro “Vivencias de un panfletero de Santiago” listo para la imprenta. Relata cómo surgieron y se formaron, redacción del peligroso documento, el error por el que los descubrieron, cómo se salvaron algunos de la muerte, la distribución y otros detalles de los que ofreció avances.

Nació el 7 de abril de 1942 en Santiago, hijo de Horacio Herrera Bornia y Dilia Velásquez. Está casado con Milagros Chez, madre de sus hijos Homero Eliseo, Virginia Adela y Daiva Dilia.

El “Panfleto”. “Nos reuníamos en el parque Duarte y Wenceslao nos decía a Manuel Bueno y a mí cosas que oía de fuera, de los exiliados. Yo tenía 16 años, ya Wen estaba en la secundaria y Manuel y yo en la Intermedia México. Al año siguiente los tres estábamos en La Normal”, manifiesta.

Era 1958, Wen les fue “abriendo la mente”. Aunque desde pequeños jugaban pelota, Guillén llevaba tres años a Homero y cinco a Manuel.

“Decía ¡Abajo Trujillo!, por las noches y algunos se iban. Ya desde el extranjero pedían que escribieran “CT” (Contra Trujillo) en las paredes y donde pudieran. Wen llenó el liceo y los sanitarios de eso, y Manuel el laboratorio de Biología”. A partir de entonces sólo les permitían hacer sus necesidades fisiológicas vigilados por “los profesores Román y el teacher Tolentino”.

Pasada la expedición de 1959 “el pueblo comenzó a despertar” y Wen les anunció que harían los volantes. Dirían: “¡Viva la Revolución. Abajo el tirano. Libertad o muerte!”. Y al dorso: “Con perdón de la expresión: Trujillo es un mierda”.

Firmaba UGRI (Unión de Grupos Revolucionarios Independientes). Los chicos sugirieron a Wen eliminar la literatura de la parte de atrás porque se interpretaría como “cosa de muchachos, y porque si nos descubrían nadie quedaría vivo”. –Eso es lo que yo quiero, para que les pique- replicó el arriesgado estudiante que mandó a conseguir un clavo grande para machacarle la punta, linóleo, carbón, aceite, unas tablitas y moldes. Tomaron la tinta y la almohadilla de un tío de Homero, que había sido juez civil, Wen redactó el texto principal, Manuel perfeccionó las letras y escribió el otro. “Fello llevó hojas de maquinilla, que se partieron por la mitad”.

Homero pormenoriza preparación, hora, distribución y una advertencia de Wen: “Ni tú ni Fello van a tirar volantes”. Cincuenta años después, comenta: “Ahora comprendo por qué: nosotros éramos los que sabíamos todo”.

Wen ordenó que no tiraran panfletos en la casa de un identificado antitrujillista, pero le desobedecieron “y el hombre se mandó para la policía creyendo que era un gancho”. A Homero se lo confirmó años después la persona que recibió el suelto. Fue el primer fallo, atribuido al grupo de Nibaje, primeros en caer presos.

Otros panfleteros sobrevivientes que Homero conoció después son Pedro Sánchez Bourdierd, Regino Pepín, Rafael Colón y Rafael Benedicto.

Estas revelaciones son pocas comparadas con lo escrito en el libro. Otras son incógnitas despejadas, nombres de más actores de ese hecho que llevó dolor a Santiago. Las fotos que lo ilustran son inéditas, como el panfleto que ruega no reproducir. “No puedo adelantarlo todo”, reitera.

viernes, 23 de abril de 2010

"Mi lucha terminó con Virgilio". Escrito por Angela Peña.


Testimonio de Homero Herrera publicado con el No. 1032 en el Grupo Yahoo "Los Panfleteros de Santiago" el 27 de marzo del 2010.

Areito
Reportaje
Escrito por Ángela Peña

"Mi lucha terminó con Virgilio".



Homero Herrera Velásquez no sólo fue depositario de las armas que llevarían
los guerrilleros a Manaclas, las que se utilizarían en Santiago para apoyar la
revolución de abril y de la pistola personal de Virgilio Perdomo, amigo
entrañable con quien compartió secretos días antes de que el revolucionario
cayera en combate. También es el que atesora detalles desconocidos de la
resistencia en el Cibao desde el trujillato hasta la eliminación de "Los
Palmeros" en 1971.

Sobrevivió como "Panfletero" pero siguió la lucha contra los remanentes de
la dictadura. Él, Virgilio y Manuel Bueno constituían un trío inseparable de
rebeldes. Su vivienda de la avenida "Máximo Gómez" 45 fue refugio
clandestino de líderes y combatientes por la libertad.

Con asombrosa exactitud recuerda nombres, direcciones, situaciones, fechas.
Cuenta de las reuniones de Manolo Tavárez, los martes en la noche, en la
calle "General Cabrera" 3, donde vivía Virgilio, que era "como el
cuartel general" del 14 de Junio.

"Virgilio me dijo un día: tienes que alejarte, no volver para que no te
quemes pues vas a ser el contacto para la loma", narra. Entonces fue
recibiendo emisarios con diferentes propósitos. El primero fue un hombre
bonachón de aspecto campesino: "El guajiro", que sirvió de guía al
alzamiento en San José de las Matas.

Paradójicamente, este decidido revolucionario que con ejemplar coraje impulsó
en Santiago tantos movimientos contra la represión, es en extremo pacífico.
"No participé en hechos armados", manifiesta al referirse al asalto al
cuartel de Villa González, pero con el exiguo salario de empleado público,
obsequió a Virgilio la pistola negra que le costó 50 pesos.

Por ser tan reservado y silencioso, Virgilio le encomendaba misiones peligrosas
y confiaba en él sus proyectos. Él estuvo en la casa de "Titico Luna" en
la calle "Santome" cuando Manolo se escondió en "La Hidalga" antes de
su salida al combate.

Tuvo en sus manos el radio "Sentra transoceánico de ocho bandas" que
llevarían los soldados y fue testigo de las armas que se escondieron en el
aljibe del patio de Virgilio y en la casa de Nelson Viñas, en la calle
"Cuba". Homero también conservó las suyas: "armas largas, una cañón
corto y otras que no tenían culatas, que completaban unos alambres". Virgilio
y Sóstenes Peña Jáquez, relata, se encargarían de la guerrilla urbana.
Desconoce por qué fracasó.

Homero también sabía de los cartuchos, alforjas y mochilas que se prepararon
en la casa de Leonardo Sánchez. "Aquello era un hormiguero humano". El día
de la masacre en Manaclas explotó una bomba casera en casa de Virgilio. Homero
protegió a su camarada, acogido por José Antonio Hungría, padre de Georgina
y Laura, que se reunían con Homero y Perdomo en la vivienda de éste último.
"Lo escondió en un closet y cuando la policía se presentó dijo que su casa
había que respetarla, que tenía dos hijas y dos hermanos generales.

Tras el frustrado alzamiento recibió la llamada de la madre de Virgilio:
"Aquí está Bacho, pero esta casa la allanan dos veces al día, quiero que te
lo lleves, pero en coche, porque no puede caminar". Raúl Pérez Peña había
sobrevivido en el frente de Altamira. Homero lo recogió y se conmovió al
verlo. "Estaba flaco, sucio, sólo se le veían los ojos, olía a monte y
apenas podía moverse. Estuvo 22 días escondido. De allí salió repuesto, con
buen ánim".

La guerra y Los Palmeros

Para muchos, los santiagueros fueron indiferentes a la guerra de abril. Homero
lo desmiente con el testimonio de sus encuentros en la fortaleza San Luis y en
la Aviación con Abraham Méndez Lara y Marcos Jorge, requiriendo armas para el
combate, junto a la multitud. Virgilio le dejó instrucciones y dos AR-15.

En la 30 de Marzo con Salvador Cucurrullo se reunió gente de "La Línea"
con bombas molotov. Pueblo Nuevo y La Joya se les unirían pero un disgusto
entre los comandantes locales frustró sus acciones, afirma. "La Aviación no
estaba con el pueblo, plantó los tanques en la pista para que no saliera
ningún avión. No pudimos llegar, desde el puente nos hicieron devolver".

Dice que estando junto a Leonardo Sánchez se presentó el guerrillero Luis
Peláez anunciando: "Por la autopista están bajando cuatro tanques" y que
regresaría en la tarde en un jeep. No volvió.

Como "bloquearon" participar en la revolución, "pensamos en extenderla
a San Francisco de Macorís, la fortaleza era fácil de tomar", comenta.
Homero sería el contacto entre Sóstenes Peña Jáquez y uno que buscaría las
armas con "un chele doblado" como contraseña, pero fueron delatados.
"Virgilio tenía una cédula con el nombre de "Luis José Martínez",
fue apresado y a Sóstenes lo fusilaron. Al grueso, que bajaría de la
capital, lo devolvieron".

Ya en libertad, Virgilio se llevó las armas a Santo Domingo pero siempre iba
donde Homero para sus reuniones con cuadros de Bella Vista, Los Pepines,
ensanches Libertad y Espaillat. "En cada barrio tenía gente, después no
apareció nadie", expresa.

El 31 de diciembre de 1971, Homero fue visitado por un joven apodado
"Monchy": Virgilio quería verlo con urgencia. Le dio hora y dirección y
Homero viajó al otro día. Detallista, relata la travesía y hasta el sabor de
los dulces que le trajo, el encuentro, la estricta seguridad que rodeaba al
"Palmero" quien según la descripción de Homero era un arsenal andante.

Le interrogó y por las preguntas, Homero dedujo después que buscaba lugares
estratégicos para esperar a Caamaño. Tras dos horas de conversación en Las
Américas, Homero fue recogido y llevado a un punto del Distrito. Fue la
despedida final.

Virgilio también se movía por el Cibao pues después de su caída, un amigo
contó que lo saludó en Santiago disfrazado: “Tú no has visto nadaâ€�, le
advirtió el intrépido luchador.

Herrera abandonó la política con la muerte de su amigo. Miguel Cocco lo
comprendió cuando al pedirle colaboración Homero le contestó: “No, mi lucha
terminó con Virgilioâ€�.

Wen: el panfletero:. Escrito por Angela Peña


Testimonio de Thelma viuda Guillen y sus hijos Naro y Nino, publicado en Grupo Yahoo "Los Panfleteros de Santiago" con el No. 1030.

Areíto
Reportaje
Escrito por Angela Peña

Wen: el panfletero



"Yo envejecí con el dolor, viajando a las cárceles los jueves y domingos. Nunca tuve miedo. Adoré a mi hijo desaparecido y cuidaba los que me quedaron porque pensaba que detrás de él podían llevarse otro. Hablaba, insultaba a Trujillo y sus esbirros, pero en medio de mi angustia encontré mucha gente que vino a consolarme".

Thelma Gómez Taveras rememora esos trágicos momentos cincuenta años después del fatídico 15 de enero de 1960 cuando vio a su hijo por última vez. A las diez de la noche fue a buscarlo un alcahuete identificado como agente del departamento de robos, advirtiendo que el joven había comprado un reloj robado.

Él no usa prendas-, replicaron sus padres. Pero el desalmado insistió en interrogarlo y se lo llevó frente a la madre y los sorprendidos hermanos. El papá se negaba a dejarlo ir pero sólo le permitieron acompañar al precoz revolucionario hasta dos esquinas adelante donde aguardaban los sicarios en uno de los aterradores "carritos cepillo" de esa "Era" tenebrosa.

Wenceslao Marcial Guillén, Wen, se erigió en líder de un aguerrido grupo de muchachos de Santiago resueltos a desenmascarar las atrocidades del régimen de Trujillo. Fue el ideólogo de la redacción y circulación de un volante que estremeció la República y enfureció sobremanera al sátrapa calificado en la hoja suelta como "un mierda".

Estudioso, honrado, discreto, valiente hasta la temeridad, conquistó decenas de adeptos que en células de tres secretamente formadas en los barrios se unieron a su causa. Salvajemente los asesinaron prácticamente a todos en la cárcel "La 40". Su familia jamás tuvo noticias de este mártir despectivamente bautizado por sus opresores como "jefe de los panfleteros".

Thelma y sus hijos Bernardino (Naro) y Paulino (Nino) recuerdan en este luctuoso aniversario pasajes de los pocos años que compartieron con el vástago mayor, nacido el 28 de septiembre de 1939. Otra hermana es Aridia. El padre, fallecido, se llamaba Ricardo Guillén.

La noche que fueron a buscarlo, Wen presentía su destino. Por eso fue al aposento a ponerse camisa y se despidió del hermano segundo: "Naro, a lo mejor no nos vemos más".

Probando el dolor. Estudió en la Iglesia Adventista, la escuela "Generalísimo" y cursaba cuarto de bachillerato en el liceo Ulises Francisco Espaillat cuando lo asesinaron. Estaba tan inmerso en los estudios que nadie sospechaba de los recortes de prensa antitrujillista que guardaba en el baúl, las emisoras extranjeras que escuchaba en las madrugadas, el refugio que preparó para, en unión de Manuel Bueno y Homero Herrera, redactar el documento que le costó la vida.

"Los vi un día trabajando con madera en alto y bajo relieve y me echaron: ¡Vete!", cuenta Naro. La abuela lo observó en diferentes momentos temblando mientras hacía contacto con cables eléctricos, como si se preparara para las torturas, y en una ocasión en que fue al dentista frente a la iglesia San Antonio, le pidió que no usara anestesia para hacerle una extracción. "Usted va a sacarle una muela a un hombre", dijo al asombrado profesional.

Taciturno, con estatura de más de seis pies, caminaba cabizbajo, narran, y juró que no levantaría la cabeza hasta que no mataran a Trujillo. "Quedó medio encorvado", afirman.

En 1960, cuando se lo llevaron, faltaba un año para que Wen se hiciera bachiller. "Decía que se iba a enganchar a cadete porque a la fiera había que matarla desde el vientre".

Aguilucho, criaba gallos y gallinas y vendía espuelas. Había días en que subía a Nino en sus hombros y lo llevaba al "Play". Le enseñó a amarrarse los zapatos.

Después de aquel adiós forzado por la guardia trujillista, Wen no retornó. Thelma viajó a Santo Domingo, islas Beata y Saona, Montecristi, Puerto Plata y otros pueblos del país en busca del hijo cuyas actividades eran del dominio del régimen. "Ellos sabían su vida y la de todos nosotros", refiere esta dama valerosa, íntegra, a la que Minerva Mirabal aconsejó no perder las esperanzas.

El Presidente Bosch asignó pensiones a cada madre, Thelma no la aceptó al igual que rechazó el apartamento que le ofreció Balaguer. "No voy a cobrar por la muerte de mi hijo, él dio su vida por la Patria", alegó.

Wen, el "panfletero" olvidado, sin tumba ni homenajes aunque se anunció que se designaría una calle en su memoria, fue esperado durante años por la abnegada mujer. Todavía piensa que lo verá llegar, manifiesta. "Yo fui una ilusa, y aún creo algunas veces: cuidado si está vivo". Pocos choferes se atrevieron a transportarla. Hoy expresa gratitud para los pocos que expusieron su vida llevándola esperanzada por todas las prisiones. "Nunca lo di por muerto", exclama detallando la infinidad de listas de presos que revisaba.

"Por compañeros de cárcel sobrevivientes supimos que a los panfleteros los eliminaron y no los llevaron muy lejos de "La 40" , siempre se ha dicho que los tiraban en La cementera, el mar, La Incineradora, pero muchos coinciden al decirnos que los carritos salían con los cadáveres y regresaban seguido", expresan los Guillén.

El intrépido Wen no asumió compromisos sentimentales para no decepcionar a la que correspondiera a su cariño pues contó a su hermano que tenía dos novias."Se llamaban, decía, Patria y Libertad".

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Sáb, 20 de Mar, 2010 9:34 am

''De Pueblo Nuevo sólo yo quedé vivo''. Escrito por Angela Peña

Mensaje No. 1023 del Grupo Yahoo "Los Panfleteros de Santiago"
Testimonio de Jose Rafael Colón.

Areíto

Escrito por Angela Peña

''De Pueblo Nuevo sólo yo quedé vivo''



Trujillo se llenó de ira al decirle que él era un mierda, y se lo decían
unos muchachos. ¿No había matado a Galíndez? ¿No le puso una bomba a Rómulo
Betancourt? Los que nos salvamos somos dichosos que no salimos locos de la
cárcel, las torturas, los golpes, el terror psicológico.

José Rafael Colón, único sobreviviente de "Los panfleteros" de Pueblo
Nuevo, Santiago, confiesa desconocer "qué lo protegía" pues fue
introducido a patadas a la fortaleza San Luis donde le rompieron una costilla,
luego trasladado a "La 40" y en los interrogatorios le quebraron un ojo y
varios huesos, lo apretujaron desnudo junto a 72 presos para llevarlo a "La
Victoria" "y yo le pedía a Dios que chocáramos para que la gente viera".

Vivió los horrores de "El Coliseo" y "El pasillo de la muerte" de la
mazmorra trujillista donde compartió con jóvenes de sus mismos ideales aunque
de posición social superior. Él era un pobre analfabeto que había sido
limpiabotas, vendedor de torta, helados "Marión" en palito y peón de
albañilería.

Pero a los 18 años tenía clara conciencia de lo que era la dictadura de
Trujillo, "cuando un guardia maltrataba un civil hasta por no tener la
cédula, en la escuela nos poníamos mercurio y nos amarrábamos un pie para
aparentar una herida porque el par de zapatos había que dividirlo con otro
hermano, las madres dormían con sus hijos en el suelo o en catre, no había
comida ni pobre que tuviera dos pantalones. El padre que lo crió ganaba 27
pesos recogiendo basura.

Esa realidad llevó a Colón a aceptar la propuesta de Simón Díaz de
participar "en un grupo contra Trujillo". Se reunían en la calle Anacaona
esquina Enriqullo, en el dormitorio "Brisas de la Palma" donde vivía
Simón, a escuchar emisoras extranjeras con mensajes del exilio. Simón era
estudiante pero Colón no aprendió de letras pese a que lo inscribieron en la
escuela "Peña y Reynoso" porque "era demasiado pobre".

Nació en "La Joya" el 19 de junio de 1934, hijo de Armando Peña y Ana Rita
Colón, pero ya tenía 28 años, mujer y un niño cuando asumió el peligroso
encargo de distribuir el suelto cuyo texto recita de memoria.

"Como el siete de enero de 1960 Simón y yo salimos a regarlos a las nueve
de la noche. Los dejamos en el estadio Cibao, y en las calles de los ensanches
Bermúdez y San Rafael (Bolívar)", narra mientras gesticula la acción.
“¡Viva la Revolución dominicana! ¡Abajo el tirano! Con perdón de la
expresión: Trujillo es una mierda", enfatiza que expresaba.

De Pueblo Nuevo, donde su tía Justina Colón lo llevó a vivir muy niño,
también regaron "panfletos" "Herminio Polanco, Ramón Ozoria, José
Armando Díaz Hernández (Chichí), Francisco (Ule) Liz y Enrique Pérez Simó
(Quiquito), recuerda.

Como si nada"¦ "Regresamos a nuestras casas como si nada pasara. El 12 de
enero agarraron a Herminio y lo soltaron tres días después, le dije a
Simón: debemos tener cuidado, puede ser un gancho". Continuó la
persecución. A Simón lo apresaron el 17. Colón no se ocultó para no levantar
sospechas pero fue requerido el 20 por un supuesto amigo apellido Disla, cuenta,
quien le encargaría un trabajo, pero lo abandonó en la "avenida María
Martínez" (luego Central y hoy 27 de Febrero) y ahí lo recogieron los
esbirros.

En La 40 ó La Victoria encontró a José Tallaj, Pedro Jaime Tineo,
"panfletero que era maestro"; Marcelo Bermúdez, "Rodrigote, a quien vi
los gusanos transitando por los huesos del espinazo", Fafa Taveras,
Macarrulla, Fefé Valera, José Lázaro Gil Castillo, Ramón Antonio Gómez
Hernández, Chiche Puig, Ángel Russo Gómez, Ramito Número Dos, de San Juan de
la Maguana y otros". Recibió torturas de Johnny Abbes, Candito Torres,
Clodoveo Ortiz, manifiesta.

No sabe cuáles circunstancias motivaron que sobreviviera. Tal vez que sabía
cocinar y lo encargaron de preparar el alimento de los presidiarios. Quizá el
traslado temprano a La Victoria o posiblemente haber sido analfabeto, como aún
lo identifican compañeros.

Le preguntaron si conocía el documento que pusieron frente a sus ojos y
respondió que sí. "En Santiago muchos pulperos dan volantes a los muchachos
para que los rieguen por diez centavos. Si tiré ese, no sé lo que dice,
creía que era un anuncio de un jabón", respondió. "Parece que ellos se
tragaron la píldora", comenta.

El humilde Juan Rafael, que está casado con Julia Altagracia Goris y vio morir
a sus tres hijos; Víctor, Rita y Rafael Armando, dice que en el patio de la
ergástula, Fafa Taveras le confió: "Hagan la declaración como les dé la
gana, que a todos sus compañeros los mataron anoche". Ahí fue que tuve la
idea de decir que no sabía leer ni escribir".

Indultado meses después, asegura que la intención era matarlos "uno a uno y
empezaron por Camilo Disla, panfletero, y Eusebio Villamán, del 14 de Junio. Yo
me salvé porque donde quiera iba con mi niño cargado". O probablemente
influyeron las fotos de Trujillo, su hermano Negro y su hijo Ramfis que colocó
en la cédula donde le faltaban sellos. "Cuando la patrulla me pedía la
cédula se la pasaba confiado en que no me iban a llevar preso. En La 40 la
veían y me veían a mí y como que pensaban: Coño, éste es trujillista, no
sabiendo".

Siente aún dolor por los encuentros en las cárceles con las madres a las que
no pudo comunicar el destino de sus vástagos y por la marginalidad que
soportó hasta el ajusticiamiento. ""me paraba en una esquina, podía haber
siete y me dejaban con el poste de luz".

Hoy, todavía desvalido, siente la satisfacción de "haber contribuido al
derrocamiento de Trujillo, porque los panfleteros creamos conciencia contra el
régimen. Nos tienen al menos porque éramos pobres, pero los que quedamos vivos
se lo debemos a que nos confundieron con los del 14 de Junio. De haberlo sabido,
nos hubieran eliminado a todos".

En síntesis

Vivir para contarlo

Por su arrojo muchos jóvenes de Santiago pagaron con la vida el haber
distribuido panfletos por la ciudad en contra de la sangrienta dictadura de
Trujillo. Los pocos sobrevivientes del exterminio dispuesto por el tirano
interpretaron de diferentes maneras el hecho de haber quedado con vida pues la
maquinaria de represión era implacable.

© Periódico Hoy